
Image Borrowed from La Prensa San Diego
Several weeks ago, in an article published in El Nuevo Día, Puerto Rico’s principal daily newspaper, the Director of the University of Puerto Rico’s Graduate School of Planning argued that increased migration from Puerto Rico to the United States would transform the island into a “ghetto of old and poor people” [Spa]. Although I’ve grown accustomed to reading nonsensical comments in the local press, I felt the need to respond to the myopic assessment advanced by one of our local “experts” on social processes and policies. Today, El Nuevo Día’s Sunday business magazine published my riposte [Spa]. In the brief text, I talk about transnational migration processes and the links between diasporas and development. I also explain that transnmigrants forge diverse linkages that impact the social, political and economic experiences of those who leave and those who stay behind. In sum, my commentary advances the idea that under certain circumstances, and with the right incentives, migrants can contribute to development processes in home and host communities.
If you scroll down a bit, you can read the Spanish text. I hope the debate picks up steam.
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Aquí les incluyo la columna que salió publicada hoy en la revista Negocios de El Nuevo Día. Como se darán cuenta, le respondo al Director de la Escuela Graduada de Planificación de la UPR, quien hace unas semanas argumentó que la creciente salida de jóvenes hacia el Norte convertirá a Puerto Rico en un “gueto de viejos y pobres”. Déjenme saber qué les parece.
[Nota aclaratoria: el texto a continuación es la versión íntegra de la columna que sometí al diario. Allá sufrió un cambio de título y una modificación minúscula en el texto. La versión publicada lleva como título: Gracias a la guagua aérea.]
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Migración y desarrollo
Varios expertos en asuntos poblacionales y sociales nos explican que el número de personas jóvenes que empacan sus maletas y arrancan para el Norte va en aumento. Según sus análisis, el resultado neto es preocupante: la isla se está vaciando a la vez que se convierte en un gran “gueto de viejos y pobres”. Admito que el comentario del gueto me sorprendió, no por su profundidad, sino por la falta de erudición. De acuerdo con ese postulado, la migración es sinónimo de ruptura y desconexión. El que se va no contribuye a su comunidad originaria, abandona el terruño y deja a los que se quedan desprovistos de herramientas para echar hacia delante. Nada más lejos de la realidad.
Hace tiempo que los debates sobre la migración se han nutrido de los postulados de autores que examinan el fenómeno desde una perspectiva transnacional. Aunque existen diversas venas teóricas, los adeptos del enfoque transnacional coinciden en que los procesos migratorios promueven la creación de múltiples redes que trascienden las fronteras nacionales. Es decir, los que se van —y en ocasiones su prole— crean lazos fuertes con sus comunidades de origen mientras se adaptan y establecen en sus nuevos destinos. Gracias a numerosos avances tecnológicos, las distancias se acortan y familias e individuos pueden mantenerse conectados y participando del quehacer social, político y económico de varios lugares. Así las cosas, las vidas de los que salen y los que se quedan son marcadas por la migración.
El comentario del gueto se torna aún más absurdo cuando tomamos en cuenta que la migración transnacional también genera oportunidades para el desarrollo. La lista de países caribeños y latinoamericanos que cuentan con remesas monetarias como una de las fuentes principales de divisas es bastante larga. Por más difícil que sea la vida fuera de su país natal, la mayoría de los migrantes que buscan salir de la pobreza envían dinero a los parientes y amigos que se quedaron. También construyen casas, montan negocios y financian carreras educativas, entre otras cosas. En algunas comunidades de la República Dominicana que he estudiado, los acueductos, carreteras y el servicio de bomberos —por sólo mencionar algunos proyectos— son desarrollados por asociaciones transnacionales que se nutren de remesas colectivas donadas por migrantes y los esfuerzos de organizaciones locales.
A pesar de que los migrantes puertorriqueños ya no remesan como antes —gracias, en parte, a la existencia de diversos programas de beneficencia pública— son muchos los que se montan con frecuencia en la guagua aérea y contribuyen al panorama del desarrollo mediante la consolidación de redes comerciales, realizando inversiones y fomentando la circulación de remesas sociales: flujos de ideas, prácticas, normas e identidades.
Está por verse si el tétrico panorama socioeconómico que enfrenta la isla transformará el rol del migrante puertorriqueño contemporáneo. Por un lado, los despidos masivos y la menguante actividad económica pueden incentivar la reactivación de las redes de remesas financieras. Por otro, si la esfera gubernamental le prestase atención a la relación entre la migración y el desarrollo, se podrían generar proyectos interesantes de colaboración transnacional que entrelacen las ideas y aspiraciones de los de aquí y los de allá.
Las experiencias de países vecinos nos deben servir de guías. En la Hermana República y Haití, por ejemplo, los efectos de la migración están detrás de la transformación de poblados, vecindarios y ciudades. Abundan los viejos y pobres, pero también las ganas de querer echar hacia delante, la fe en la autogestión y el trabajo colectivo, y los deseos de que las cosas cambien para bien.
Tags: desarrollo económico · migración · planificació · Puerto Rico · República Dominicana